Friedrich Nietzsche

L'État , c'est ainsi que s'appelle le plus froid des monstres froids et il ment froidement, et le mensonge que voici sort de sa bouche : « Moi, l'État, je suis le peuple. »

Maxime Gorki

Le mensonge est la religion des esclaves et des patrons

samedi 19 juin 2010

El Siglo Malvado
Introducción


El siglo veinte comienza en el décimonono.
No es del todo el siglo que nos han hecho creer.

Concentraré el foco de mi telescopio sobre algunos individuos. Son, mayormente, grandes héroes, decorados, célebres, miembros de familias dinásticas. Son los pastores benévolos que guían con ternura a la humanidad hacia su degollación industrial. Los planes, patrones y métodos elucubrados a principos de la historia de la colonización han sido recurrentes.

Una parte importante de las vertiginosas fortunas que construyeron la costa este de los Estados Unidos fueron constituídas por actos de piratería. La filibustería aportaba a aquellos a quienes la fortuna había sonreído sumas colosales rápidamente acumuladas.
La mayor parte de las grandes familias de piratas reinvirtieron sus ganancias en plantaciones de algodón y de tabaco en el sur. Desde entonces se dibuja de este modo una técnica, un modus operandi del ascenso material, que hará escuela en los decenios subsiguientes. If it ain't broken don't fix it. (Si no está roto, no lo arregle).

Os convido, lectores, lectoras, a una suerte de experiencia. Habrá que deshacerse en el camino de una pesada capa, cosida con ideas recibidas, con imposiciones, con dogmas, con amortiguadores mentales. Algunos no lo lograrán. A veces habrá que estrangular preconceptos. Habrá que que romper con imágenes de papel mâché sobre las que hemos construído grandes porciones de nuestros dominios de certeza. Algunos harán un tramo de camino pero serán incapaces de llegar al final. No estoy seguro, al momento de escribir estas líneas, de tener la fuerza, la paciencia y la resistencia para llegar yo mismo. En ciertos momentos me parece caer, exangüe. Son algunos pocos seres humanos quienes me permiten renovar constantemente este trabajo de amor. Y vuelvo gracias a ellos, para ellos, con su descendencia en la mente, a amasar, alimentar, regar.

En fin, por el momento, una luz me anima, una suerte de esperanza, de alegría muy profunda, que espero lograr comunicar eventualmente. Se trata de la realización, en la medida de mis expediciones en los osarios más nauseabundos de la historia moderna, y allí asombraré… Se trata de la poderosa certeza acerca de la belleza y la grandeza simple y cándida de la raza humana. Cada vez que creo explorar una de las manifestaciones de la profunda maldad del hombre, de su perfidia, de su crueldad, de su susodicha ignominia o de esa famosa y pretendida barbarie, encuentro en su lugar el producto desconsolador del trabajo muy preciso de un pequeño grupo de individuos.

Hemos crecido en el puño implacable de un sistema de valores y educación de los cuales una de las principales funciones era de perpetuar esta superchería fundamental: dejada en libertad, la humanidad regresa al salvajismo.

Acarreamos todos el peso de una suerte de culpabilidad mágica, la de la bestialidad, de la abominable noche de los tiempos, la de la naturaleza. Asociando la Shoah a la barbarie, y tatuando este concepto de diez mil modos en nuestra lengua, en nuestro pensamiento, hasta en nuestros deseos inconscientes (masoquistas, sádicos, etc), la CIUDAD se ha lavado las manos de sus crímenes. La Ciudad, el Imperio, la Civilización, han sido llevados a su grado supremo de perfección en el curso del Siglo Malvado. Y esta evolución ha arrastrado para con el ser humano una creciente alienación, una desgracia inédita, un sufrimiento inaudito, y la gran, la inmensa mentira con el yugo de la cual el hombre debe hoy actuar es éste: Toda persona convencida de traición ideológica y admitiendo su incapacidad de vivir dentro del organismo será tachada de inadaptación, un término prestado por la pseudo ciencia de los charlatanes eugeneticistas asesinos. Toda persona que reclame su legítimo lugar bajo el sol será quebrada. Llorar es ya un crimen, al menos llorar al mundo, llorar como fluye el río, como la vida!… Nos convencerán en cambio de lloriquear océanos de sentimentalismo falto de gusto, sin alma, sin piedad, seco de vida. “Crímenes contra el sentimiento”, dijo Thiran un día en que casi lo abrazo.

La ciudad no está viva, oh hermanas y hermanos míos. La ciudad está inanimada. Su savia., su goteo endovenoso, es nuestro trabajo, nuestra servitud. La ciudad no tiene más que, de últimas, una sola función, la de esclavizar la vida. He aquí el combate que se nos ha presentado en el curso de los últimos veinte siglos. La colonización del siglo diecinueve ha sido perpetrada con una casi desarmante franqueza, bajo el signo de límpidas relaciones de fuerza, calcadas de las luchas territoriales de fieras y primates. Hoy ya no es posible. La naturaleza de la limitación no ha cambiado, ni su aplicación, sólo la moral ha cambiado. Y para acomodar la moral, puesto que está fuera de cuestión detener la máquina infernal, hacen falta charadas. Hace falta, hizo falta, y hará falta mentir. Es con estas charadas que os he de entretener. Evidentemente, la revelación más insoportable de mi investigación es posiblemente la exposición fuera de toda duda razonable del rol preponderante de Wall Street en el advenimiento casi simultáneo del Tercer Reich y de la URSS. No soy ni historiador, ni archivero. No he descubierto ningún documento secreto. No hablo de conspiración, de complot, ni de cábala. Las informaciones sobre las que baso mi reflexión son fácticas, sólidas, y en su aplastante mayoría indiscutibles.
Cómo es posible que no se sepa? Sabíamos que la Galia rebosaba de oro? Que es por esa razón que Julio César la quiso iluminar con la llama de la civilización? Sabíamos que Alarico no saqueó Roma, contrariamente a las pretensiones de los historiadores… romanos? No sabemos acaso que los bárbaros no escribiern la historia? No hay ningún maldito destino manifiesto. No hay nada ineluctable.

Sobre todo, no hay ni pecado original, ni herencia vergonzante, ni monstruo por dominar. Evidentemente, la cólera está presente! Siempre mantenida en su lugar! Al límite! Nuestros pastores navegan constantemente sobre la cresta de nuestra ansia, desazón e inquietud. Aforan a veces mal el asunto y, de tanto en tanto, son frustrados temporariamente de néctares que consideran su derecho de nacimiento. Solamente nosotros, la raza humana, estamos sobre la tierra para vivir. Y creo que quizás ha llegado la hora de comenzar.

La charada ha durado bastante. No quedan más que metáforas de vida, rituales que recuerdan el amor, imitaciones de saciedad, parodias de respiración, un teatro del placer… No hay más que el espectáculo del espectáculo! Volvamos a encender las luces! Levantémonos… Sí, somos grandes, somos inmensos, estamos hechos para el gozo! Para la risa! Para danzar! Cantar! Somos los herederos de un mundo perfecto, de un palacio ideal.

Retirémosnos de la fullería, de la estafa, y sobre todo, de la máquina asesina, que alimentamos todos con nuestra sangre.
Lo digo sin ninguna violencia, sin la menor animosidad, al alba de la gran elección, henos aquí!

Cuando la ciudad es llevada al punto de querer plantar en la tierra granos incapaces de engendrar, es tiempo de dejarla ir. Es tiempo, gran tiempo de desarmarla, de quitarle los catéteres, de cortar sus cánulas, de arrancar sus sondas… Es hora de dejarla acabar despacio con su agonía. Es inútil -como lo han ilustrado Bakounine y sus amantes de las luces- de hacer explotar lo que sea, de hacer ruido, de romper objetos o de tratar de desorganizar lo que de todos modos es un organismo que no se sostiene más que por sus tumores.

Ha llegado el tiempo de escapar con los tesoros, amigos, ciudadanos, hermanos y hermanas. Los tesoros son conocidos por aquellos de entre nosotros que están listos para dar el próximo salto, pero lo fantástico es que la ciudad no tiene cura. El Imperio desprecia los únicos tesoros que valen la pena de ser llevados, y es por eso que nos dejarán ir sin la menor oposición. Las artes, evidentemente, hablo de las artes, de los gozos, del pan! El vino! El queso! La ciudad ya no recuerda más el gusto que tenían otrora. Nos distribuyen productos. Jugamos el juego grotesco. La botella está vacía? Llena de barro? Es el ritual que importa. La ciudad está sorda. Bate inútilmente sus tambores militares, estentóreos, y desde hace veinte años, sus imitaciones sintéticas de tambores militares.
El imperio no tiene más que ésta voz, la de lo ordinario, de la ordenanza, del orden…
El imperio habla en imperativo! La ciudad sueña con establecer el orden allí donde no ve más que el caos. Pasaremos sin ser detectados bajo los alambres de púas. Ella se quedará sola, allá, tratando aún de ordenar el caos. Tratando de hacerse pasar por La Ordenadora.

Sin un toque, habremos simplemente cortado su fuente. Lentamente retornará a los espinos. Y piedra por piedra, guijarro por guijarro, rajadura por rajadura, los muros caerán debilitados. Todo este cemento volverá a ser arena y el desierto vertical se extenderá, se desvanecerá, bien tendido, para su gran reposo. Llevémonos las guitarras. Los libros. La pintura. Llevémonos nuestras cabelleras. Los dedos de nuestros pies. Las pupilas de nuestros ojos. Llevémonos el saber. Llevémonos nuestros descubrimientos. Llevémonos lo mínimo. Llevémonos lo que podamos llevar. Llevémonos, sobre todo, los niños.
Inútil llevarnos sus juguetes, la Tierra los espera.




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Traduction : Rolando Lequeux

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